La vida cotidiana no se trata de grandes logros.
A menudo, buscamos la felicidad en eventos extraordinarios, ignorando que nuestra existencia se forma con pequeños rituales: el juego de unos niños el quehacer rutinario de una madre y la vigilancia de los mayores.
Aprender a observar la belleza de la rutina, transforma lo cotidiano en un arte de vivir.
La roca de mamá
Mamá sonríe a una bebé , con cara de pocos amigos.
Es su momento de paz robado al ajetreo diario. Sobre la roca, a su lado, su hijo, mi hermano, el siempre posa sonriente.
Corrían los años 50 en la España rural, y la vida era dura. Pero en este instante, con sus hijos sanos y la majestuosidad de un pino de fondo, se sentía dichosa. Para ella, esta roca no era solo un asiento, sino el símbolo de la base sólida que, con tanto esfuerzo, construía para sus hijos junto con el hombre que hizo la foto.
El, el mayor, sostenía su avión como si fuese un auténtico piloto.
Ella, pensativa, estaba ansiosa por poder hacer volar sola aquel maravilloso juguete.
Al final, ella consiguió hacer volar el fantástico avión.
Resultó ser el primer accidente aéreo en aquel balcón.
El fotógrafo, padre de ambos se perdió el desastre y cometió un error: arremetió contra el dueño del aparato.
El calló y asumió la culpa.
Ella supo en aquel momento que siempre podría contar con aquel maravilloso piloto que además era su Hermano.
En aquellos años, la Primera Comunión era, para muchas familias, el acontecimiento social y religioso más importante del año.
Normalmente esos trajes tan especiales en gentes humildes, eran heredados.
En este caso, fue mi madre quien hizo los trajes, sus años de trabajo en una sastrería, dieron sus frutos. El librito que portaba mi hermano y el rosario, era herencia de unos primos, ya habían sido usados dos veces. Años después los usé yo también.
El sol de la mañana bañaba el valle de Saldes. Era domingo y, siguiendo la tradición, vestíamos nuestras humildes, pero mejores galas.
A sus espaldas, asomaba la falda del Pedraforca, salpicada de pinos, rocas y con el pueblo al fondo.
Probablemente, ese día veníamos o íbamos a la iglesia, pues mi madre llevaba el misal y su velo. Un día festivo y sencillo como otros muchos pero que para nosotros era todo un acontecimiento.





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