domingo, 31 de enero de 2016

La golondrina



Las dulces mensajeras de la tristeza son... 
son avecillas negras, negras como la noche. 
¡Negras como el dolor! 

¡Las dulces golondrinas que en invierno se van 
y que dejan el nido abandonado y solo 
para cruzar el mar! 

Cada vez que las veo siento un frío sutil... 
¡Oh! ¡Negras avecillas, inquietas avecillas 
amantes de abril! 

¡Oh! ¡Pobres golondrinas que se van a buscar 
como los emigrantes, a las tierras extrañas, 
la migaja de pan! 

¡Golondrinas, llegaos! ¡Golondrinas, venid! 
¡Venid primaverales, con las alas de luto 
llegaos hasta mí! 

Sostenedme en las alas... Sostenedme y cruzad 
de un volido tan sólo, eterno y más eterno 
la inmensidad del mar... 

¿Sabéis cómo se viaja hasta el país del sol?... 
¿Sabéis dónde se encuentra la eterna primavera, 
la fuente del amor?... 

¡Llevadme, golondrinas! ¡Llevadme! ¡No temáis! 
Yo soy una bohemia, una pobre bohemia 
¡Llevadme donde vais! 

¿No sabéis, golondrinas errantes, no sabéis, 
que tengo el alma enferma porque no puedo irme 
volando yo también? 

¡Golondrinas, llegaos! ¡Golondrinas, venid! 
¡Venid primaverales! ¡Con las alas de luto 
llegaos hasta mí! 

¡Venid! ¡Llevadme pronto a correr el albur!... 
¡Qué lástima, pequeñas, que no tengáis las alas 
tejidas en azul!

(Alfonsina Storni)





sábado, 30 de enero de 2016

Pasando página


POEMA DEL LIBRO

Entre todos mis libros, es éste el que prefiero
éste que un día dejé a medio leer
lo cerré de repente, lo puse en el librero,
y ya lo cubre el polvo del ayer.

Recuerdo que era un libro de una belleza
era como si en cada frase floreciera un rosal
pero temí de pronto que me desencantara
si seguía leyendo hasta el final.

Y ahí está en el librero, donde lo puse un día
tal vez un poco triste por lo que no leí,
pues recordé, muchacha, que casi fuiste mía,
y al guardar aquel libro, pensé en ti...

(José Ángel Buesa)



Los Monotones 
"The Book Of Love"

Me pregunto, pregunto quién, quién-oo-ooh, que 
(¿Quién escribió el libro de amor) 
Dime, dime, dime 
Oh, quien escribió el libro del amor 
Tengo que saber la respuesta 
¿Fue alguien de arriba 
(Oh, me pregunto, pregunto quién, mmbadoo-ooh, quién) 
(¿Quién escribió el libro de amor) 
Te quiero cariño 
Baby, tú sabes que yo hago 
Pero tengo que ver este libro del amor 
Descubre por qué es verdad 
(Oh, me pregunto, pregunto quién, mmbadoo-ooh, quién) 
(¿Quién escribió el libro de amor) 
(Capítulo Uno dice amarla) 
(Tú la amas con todo tu corazón) 
(Capítulo Dos le dices que eres) 
(Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca va a parte) 
(En el Capítulo Tres recordar el significado de romance) 
(En el capítulo cuatro rompes 
(Pero le das sólo una oportunidad más)) 
(Oh, me pregunto, pregunto quién, mmbadoo-ooh, wWho) 
(¿Quién escribió el libro de amor) 
Bebé bebé bebé 
Te quiero, sí lo hago 
Bien lo dice en este libro del amor 
La nuestra es la que es verdad 
(Oh, me pregunto, pregunto quién, mmbadoo-ooh, quién) 
(¿Quién escribió el libro de amor) 
(Capítulo Uno dice amarla) 
(Tú la amas con todo tu corazón) 
(Capítulo Dos le dices que eres) 
(Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca va a parte) 
(En el Capítulo Tres recordar el significado de romance) 
(En el capítulo cuatro rompes 
(Pero le das sólo una oportunidad más) 
(Oh, me pregunto, pregunto quién, mmbadoo-ooh, Who) 
(¿Quién escribió el libro de amor) 
Bebé bebé bebé 
Te quiero, sí lo hago 
Bien lo dice en este libro del amor 
La nuestra es la que es verdad 
(Oh, me pregunto, pregunto quién, mmbadoo-ooh, quién) 
(¿Quién escribió el libro de amor) 
Me pregunto que (sí) 
¿Quién escribió el libro del amor 

viernes, 29 de enero de 2016

Contigo pan y cebolla


Nanas de la cebolla

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre.
Escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla,
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena
resuelta en luna
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te traigo la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en tus ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que mi alma al oírte
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa,
vencedor de las flores
y las alondras
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño:
nunca despiertes.
Triste llevo la boca:
ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan lato,
tan extendido,
que tu carne es el cielo
recién nacido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho:
él, triste de cebolla,
tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa ni
lo que ocurre. 

(Miguel Hernández)



El último farol


Lo vi lucero... y lo pensé crecido...
Fue la llama feliz que nos llamaba.
Se dio en la calle un paredón de olvido
se dio en la noche un corazón de ochava

Soñaba, ayer, la espera del silbido,
y ayer, no más, pintaba de arrebol,
con el grito total del alarido
la soledad del último farol.

¡Farol!...
Dolió tu llama fraternal
igual
a la tristeza del alcohol...

Señal
en la querella de la esquina
y en la pena que adoquina
tu dolor sin dejar huella...

Tan alta la ciudad
que nos dejó sin sol,
que nos tapó la estrella
del último farol.

Dobló la esquina del amor dolido
tras el salto mortal de la billarda.
Yo esperé tanto la verdad que tarda
ni me di cuenta que ya estaba herido.

Me dijo: Adiós... adiós... ya sin sonido,
su corazón de luna y caracol...
Por la calle sin fin que va al olvido
se fue llorando el último farol...

Música: Aníbal Troilo
Letra: Cátulo Castillo
Canta: Roberto Goyeneche





jueves, 28 de enero de 2016

Gota a gota


Hay algo -gota a gota-
que nos llena el vacío
¡Hondones del deseo!
¡Qué colmo de esperanzas!
El oleaje arrastra
caudales sin objeto
y hay muchos anaqueles
que ningún libro ocupa.
¿A dónde vamos, dime?
Aún nos quedan paisajes
con frondas ignoradas
y orquídeas que navegan
en busca de su nombre.
Quisiéramos al fin la belleza absoluta
que rebosa verdad porque la luz es nueva.
Se borran las fechas
del momento incendiado,
pero nos grabarán
como inicial las sienes.
Es el fin o el principio
de las augustas ruinas circulares.
¿Se pierde o se gana?
Hay manos que triunfan
al quedarse vacías
y otras como puños
que no conservan nada.

(Ernestina De Champourcin)





Luz de luna



Es de noche.
La luna pesa altiva como bola de mármol.
Intensamente peina el mar ciego, invisible,
con rizos y reflejos de platino y rubíes.
Languidecen sus ondas rebeldes, incapaces
de continuar erguidas.

A lo lejos,
encima del pantano negro de la bahía
un barco aguarda al pairo para arrimarse al muelle,
a rincones oscuros, donde caen estrellas
sobre enroscadas cuerdas y castillos de fardos
con mortajas de almenas.
Duerme el mar,
desmenuza secretos a oídos de las rocas.
Yo los escucho atento, aunque él no se dé cuenta.
Yo los siento y admiro con temor y respeto.
Y es el mismo. No hay quien lo haga enmudecer;
sólo la bajamar.
Su descanso
se ensancha con la espuma escupida en la orilla.
No trae lágrimas vivas, paridas por el viento.
Se deshacen las olas en un dulce vaivén.
Me despertaron antes con su reloj de péndulo,
arcano y cadencioso.
Se diluye,
en éxtasis de añil, en un gris lapislázuli,
el agua en la penumbra. Sin doblarse a la brisa,
silencia en su garganta los constantes ronquidos,
los graves estertores buscando un escondite
en calas y escolleras.
En sollozos,
parpadeante, un lucero en la luz aterida
me mantiene despierto, con la mirada absorta
en la ventana, que huye con la noche a la espalda.
Marchita la marea, la oscuridad se aleja,
y la luna se quiebra ante el día.

(Antonio Macias Luna)






miércoles, 27 de enero de 2016

El gorrión


¡Los gorriones! Bajo las redondas nubes, que, a veces, llueven unas gotas finas, ¡cómo entran y salen en la enredadera, cómo chillan, cómo se cogen de los picos! Este cae sobre una rama, se va y la deja temblando; el otro se bebe un poquito de cielo en un charquillo del brocal del pozo; aquél ha saltado al tejadillo del alpende, lleno de flores casi secas, que el día pardo aviva.

¡Benditos pájaros, sin fiesta fija! Con la libre monotonía de lo nativo, de lo verdadero, nada, a no ser una dicha vaga, les dicen a ellos las campanas. Contentos, sin fatales obligaciones, sin esos olimpos ni esos avernos que extasían o que amedrentan a los pobres hombres esclavos, sin más moral que la suya ni más Dios que lo azul, son mis hermanos, mis dulces hermanos.

Viajan sin dinero y sin maletas; mudan de casa cuando se les antoja; presumen un arroyo, presienten una fronda, y sólo tienen que abrir sus alas para conseguir la felicidad; no saben de lunes ni de sábado; se bañan en todas partes, a cada momento; aman el amor sin nombre, la amada universal.

Y cuando las gentes, ¡las pobres gentes!, se van a misa los domingos, cerrando las puertas, ellos, en un alegre ejemplo de amor sin rito, se vienen de pronto, con su algarabía fresca y jovial, al jardín de las casas cerradas, en las que algún poeta, que ya conocen bien, y algún burrillo tierno —¿te juntas conmigo?— los contemplan, fraternales.

(Fragmento de Platero y yo)






martes, 26 de enero de 2016

Verde que te quiero verde


Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar 
y el caballo en la montaña. 
Con la sombra en la cintura 
ella sueña en su baranda, 
verde carne, pelo verde, 
con ojos de fría plata. 
Verde que te quiero verde. 
Bajo la luna gitana, 
las cosas le están mirando 
y ella no puede mirarlas.

Verde que te quiero verde. 
Grandes estrellas de escarcha, 
vienen con el pez de sombra 
que abre el camino del alba. 
La higuera frota su viento 
con la lija de sus ramas, 
y el monte, gato garduño, 
eriza sus pitas agrias. 
¿Pero quién vendrá? ¿Y por dónde...? 
Ella sigue en su baranda, 
verde carne, pelo verde, 
soñando en la mar amarga.

Compadre, quiero cambiar 
mi caballo por su casa, 
mi montura por su espejo, 
mi cuchillo por su manta. 
Compadre, vengo sangrando, 
desde los montes de Cabra. 
Si yo pudiera, mocito, 
ese trato se cerraba. 
Pero yo ya no soy yo, 
ni mi casa es ya mi casa. 
Compadre, quiero morir 
decentemente en mi cama. 
De acero, si puede ser, 
con las sábanas de holanda. 
¿No ves la herida que tengo 
desde el pecho a la garganta? 
Trescientas rosas morenas 
lleva tu pechera blanca. 
Tu sangre rezuma y huele 
alrededor de tu faja. 
Pero yo ya no soy yo, 
ni mi casa es ya mi casa. 
Dejadme subir al menos 
hasta las altas barandas, 
dejadme subir, dejadme, 
hasta las verdes barandas. 
Barandales de la luna 
por donde retumba el agua.

Ya suben los dos compadres 
hacia las altas barandas. 
Dejando un rastro de sangre. 
Dejando un rastro de lágrimas. 
Temblaban en los tejados 
farolillos de hojalata. 
Mil panderos de cristal, 
herían la madrugada.

Verde que te quiero verde, 
verde viento, verdes ramas. 
Los dos compadres subieron. 
El largo viento, dejaba 
en la boca un raro gusto 
de hiel, de menta y de albahaca. 
¡Compadre! ¿Dónde está, dime? 
¿Dónde está mi niña amarga? 
¡Cuántas veces te esperó! 
¡Cuántas veces te esperara, 
cara fresca, negro pelo, 
en esta verde baranda!

Sobre el rostro del aljibe 
se mecía la gitana. 
Verde carne, pelo verde, 
con ojos de fría plata. 
Un carámbano de luna 
la sostiene sobre el agua. 
La noche su puso íntima 
como una pequeña plaza. 
Guardias civiles borrachos, 
en la puerta golpeaban. 
Verde que te quiero verde. 
Verde viento. Verdes ramas. 
El barco sobre la mar. 
Y el caballo en la montaña.

(Federico Garcia Lorca)




Cielo en llamas


Cielo en llamas alma herida
fragor de mundo destruido
donde esta tu amor.

En mi cuerpo hendido
ese clamor de mundo
desaparecido
donde esta tu amor.

Solo sulfurados prados
volcanes volcados
hombres desollados.

No hay amor en las cenizas
el amor en fuga aprisa
solo donde esta tu amor.

( Autor desconocido )





Traigo el mar en un dedal



 La rosa de oro
no se marchita
ni tiene aroma
el cielo ajeno
que te envenena
ya no es azul

traigo el mar en un dedal
y tu rostro es la noticia
mis utopías
tienen el sello
de tu caricia

si la memoria
no cuenta cosas
maravillosas
y si el hastío
cubre la noche
de desamor

si amanece la verdad
con su gallo agradecido
mis fantasías
inventan leyes
contra tu olvido

si mi flojera
tiene el delirio
de ser valiente
y tu cordura
sabe mezclarse
con el placer

traigo el mar en un dedal
y tu rostro es mi amuleto
con nadie hablo
de tus perdones
guardo el secreto

(Mario Benedetti)




Sangre derramada


¡Que no quiero verla!

Dile a la luna que venga, 
que no quiero ver la sangre 
de Ignacio sobre la arena.

¡Que no quiero verla!

La luna de par en par. 
Caballo de nubes quietas, 
y la plaza gris del sueño 
con sauces en las barreras.

¡Que no quiero verla!

Que mi recuerdo se quema. 
¡Avisad a los jazmines 
con su blancura pequeña!

¡Que no quiero verla! 
La vaca del viejo mundo 
pasaba su triste lengua 
sobre un hocico de sangres 
derramadas en la arena, 
y los toros de Guisando, 
casi muerte y casi piedra, 
mugieron como dos siglos 
hartos de pisar la tierra. 
No.

¡Que no quiero verla!

Por las gradas sube Ignacio 
con toda su muerte a cuestas. 
Buscaba el amanecer, 
y el amanecer no era. 
Busca su perfil seguro, 
y el sueño lo desorienta. 
Buscaba su hermoso cuerpo 
y encontró su sangre abierta. 
¡No me digáis que la vea! 
No quiero sentir el chorro 
cada vez con menos fuerza; 
ese chorro que ilumina 
los tendidos y se vuelca 
sobre la pana y el cuero 
de muchedumbre sedienta.

¡Quién me grita que me asome! 
¡No me digáis que la vea!

No se cerraron sus ojos 
cuando vio los cuernos cerca, 
pero las madres terribles 
levantaron la cabeza. 
Y a través de las ganaderías, 
hubo un aire de voces secretas 
que gritaban a toros celestes 
mayorales de pálida niebla. 
No hubo príncipe en Sevilla 
que comparársele pueda, 
ni espada como su espada 
ni corazón tan de veras. 
Como un río de leones 
su maravillosa fuerza, 
y como un torso de mármol 
su dibujada prudencia. 
Aire de Roma andaluza 
le doraba la cabeza 
donde su risa era un nardo 
de sal y de inteligencia. 
¡Qué gran torero en la plaza! 
¡Qué buen serrano en la sierra! 
¡Qué blando con las espigas! 
¡Qué duro con las espuelas! 
¡Qué tierno con el rocío! 
¡Qué deslumbrante en la feria! 
¡Qué tremendo con las últimas 
banderillas de tiniebla!

Pero ya duerme sin fin. 
Ya los musgos y la hierba 
abren con dedos seguros 
la flor de su calavera. 
Y su sangre ya viene cantando: 
cantando por marismas y praderas, 
resbalando por cuernos ateridos, 
vacilando sin alma por la niebla, 
tropezando con miles de pezuñas 
como una larga, oscura, triste lengua, 
para formar un charco de agonía 
junto al Guadalquivir de las estrellas. 
¡Oh blanco muro de España! 
¡Oh negro toro de pena! 
¡Oh sangre dura de Ignacio! 
¡Oh ruiseñor de sus venas! 
No. 
¡Que no quiero verla! 
Que no hay cáliz que la contenga, 
que no hay golondrinas que se la beban, 
no hay escarcha de luz que la enfríe, 
no hay canto ni diluvio de azucenas, 
no hay cristal que la cubra de plata. 
No. 
¡¡Yo no quiero verla!!

(Federico Garcia Lorca)